CONFIAR EN DIOS.
¿Cómo aprender a confiar en Dios?
Alguien podría preguntarme: “Padre, ¿cómo se aprende a confiar en Dios?” Y yo quiero trasladar esa misma pregunta a ustedes: ¿cómo se aprende a confiar en una persona?
La respuesta es sencilla: confiamos en alguien cuando pasamos tiempo con esa persona. Pero a veces decimos: “No tengo tiempo para estar con Dios”, y por eso nos cuesta confiar en Él, nos cuesta creer.
La confianza se construye estando. Es en la cercanía, en la convivencia, donde uno empieza a conocer verdaderamente al otro. Una vez alguien me hizo una pregunta muy especial: “Padre, ¿cómo descubro la voluntad de Dios para mi vida? ¿Cómo interpreto lo que Él quiere decirme?”
La respuesta es la misma: estando con Él.
Le puse el ejemplo de una madre. Cuando llegas a casa, ella no necesita muchas palabras para saber cómo estás. Sabe si estás triste, si estás preocupado, si algo te pasó. ¿Y por qué lo sabe? Porque ha estado contigo. Así también uno aprende a leer el corazón de Dios, cuando permanece cerca de Él.
Esta es una invitación a estar con Dios, a sumergirse en su mundo, a no soltarse de su mano. Hay quienes me dicen: “Padre, cada día siento más sed de Dios. ¿Cómo hago para llenarme de Él?”
Esa sed se sacia con el Espíritu Santo. Le pedimos al Espíritu el don de la luz para disipar nuestras tinieblas, el don de la fortaleza para afrontar lo que nos supera, y el don de la paz para calmar nuestras batallas internas.
Pídele al Señor esa gracia. Pídele el don del Espíritu Santo, que te haga capaz cada día de tres cosas fundamentales: soltar en Dios, confiar en Él y esperar con paciencia. Hay personas que han aprendido esto, pero empezaron como todos: gateando. Lo importante es comenzar. Da tus primeros pasos y experimentarás una alegría nueva. Nunca es tarde para empezar.
Lo mejor que puede hacer el ser humano es lanzarse al mar inmenso del amor de Dios. Y por eso hoy oramos, pedimos, reclamamos su Espíritu.
Oración al Espíritu Santo:
Señor Jesús, regálanos tu Espíritu Santo.
Ese Espíritu que soplaste sobre los discípulos, y que les devolvió la fuerza, la paz y la esperanza.
Ese Espíritu que los puso de nuevo en camino y los llenó de valentía.
El Espíritu Santo es como las pilas: sin Él no funcionamos.
Póntelas hoy. Llámalo. Reclámalo. Renuévalo en ti.
Con el Espíritu Santo tú puedes hacer maravillas… o mejor dicho, permitir que Él las haga en ti.
Todos:
¡Ven, Espíritu Santo! Ven, promesa del Padre. Ven a mi vida, ven a mi corazón. Visita mi interior.
Ven desde el cielo, penetra hasta lo más profundo de mi alma.
Ven, fuego de Dios, viento de Dios, dedo de Dios.
Rompe mi orgullo, desarma mi corazón.
Dame docilidad para dejarte obrar.
Dame humildad para reconocer mis errores.
Reparte tus dones y frutos en este lugar.
Haz que suceda un nuevo Pentecostés.
Llénanos de lenguas de fuego. Enciéndenos en amor a Dios.
Visita nuestras familias, nuestros hijos, nuestros trabajos.
Ven y recuérdanos tu promesa:
Todo lo que pidamos en oración, lo recibirás.
Y ahora, en tu presencia, te lo decimos:
No puedo olvidar esa promesa.
Todo lo que te pida en oración, me lo darás.
Una unción fresca del cielo, que llene mi vida.
Que tu Espíritu descienda y corran ríos de agua viva por todo mi ser.
